Para poder buscar respuestas en el presente a las causas y origen de la maloclusión, tenemos que conocer nuestro pasado. Tal y como estudiamos la historia para conocer lo que el futuro nos puede deparar. Debemos analizar, observar y evaluar nuestros hábitos de vida actuales para construir un mejor futuro para nosotros y nuestros hijos.

El Dr. Weston Price, presidente de la asociación americana de odontólogos en los años 30, estudió la dentición de las distintas comunidades indígenas, hallando diferencias notorias en comparación con la sociedad americana. Estas comunidades no tenían caries, ni enfermedades en las encías, tampoco apiñamiento y las muelas del juicio tenían espacio suficiente. La degeneración física empezó con la adopción de una dieta occidental con harina refinada, azúcar y leche pasteurizada. Solo bastaba una generación para ver diferencias entre padres e hijos.

El Dr. Corruccini confirmó las teorías de la masticación y la maloclusión de sus predecesores. Según él, la dieta industrial puede ser uno de los factores de la epidemia del aumento de la maloclusión en países occidentales. Encontró que las personas rurales tenían las mandíbulas más grandes y en mejores condiciones que las personas que vivían en zonas urbanas. El factor ambiental ya no solamente afecta a la maloclusión, sino a algo mucho más importante: la vía aérea.

Debido a la evolución humana, el maxilar se ha estado trasladando paulatinamente hacia atrás los últimos 70.000 años. Causando la compresión de la faringe, tanto para la respiración como para la deglución de alimentos. Este resultado evolutivo es importante para comprender las consecuencias en las vías respiratorias humanas. Todos esos procesos evolutivos, unidos también al habla, el lenguaje complejo y a las actividades cognitivas contribuyeron a los cambios en nuestra cara y seguirá contribuyendo mientras no cambiemos nuestros hábitos.